Esa presencia, esa imponencia e
innegable ironía nos contemplaban, desde el primer día de clase, a cada uno de mis
compañeros, incluida yo, con sus ojos asesinos, que matan toda humildad, y que
en ese momento hallábanse observando a través de los dos vidrios que conformaban
sus lentes. Ojos que no olvido, no por su forma o su color, sino por lo
profundo de su mirada. Me di cuenta de que había encontrado a mi genio maligno.






0 comentarios:
Publicar un comentario