Te miro, me observas, y juntos
vemos el pasar de nuestro pasado. Todo vuelve a un presente, a esta aula, a las
miradas y risas de mis compañeros de clase. Los estudiantes te ignoran porque
menos saben de las cosas que nosotros dos. No pueden ver todos los colores de
los que se viste la ilusión, no pueden escuchar, en mi silbido inconsciente, la
melodía que grita nuestra historia. Nadie te reconoce, ni siquiera hacen un
intento por recordarte. Pero yo lo hago, te recuerdo tal cual, con tu melena y
tus lentes. Viene a mí un miedo al olvido, porque presiento erróneamente que
tus ojos no me recuerdan, que todo lo has olvidado, o simplemente lo has
escrito y terminado de leer, para volver a escribir un nuevo poema, lo que te
da vida y eterna juventud. No lo entiendo o quizás sí, pero prefiero aparentar
lo que tanto repudio, ignorancia. Estoy tan lúcida sobre la verdad, que
prefiero vivir de la fantasía. Lo sé, toda la historia la contamos mi soledad y
yo, pero eso no es motivo para considerarme esquizofrénica, pues como decía García
Márquez, ningún loco está loco si se conforma con sus razones. Aunque ahora
saboreo el sabor ácido de la soledad y me gusta, incluso siento que podría
enamorarme de esto.






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